La hija niña

La hija niña…

Si hay algo que está destinado a suceder,  sucederá, en el momento adecuado, para la persona correcta y por la mejore razón., 

“Yo nací la primera noche de tauro, un 21 de abril de 1972, a eso de las 11:00 pm, en el Hospital Bernardette, en Guadalajara, Jalisco. Fui la segunda hija de un matrimonio entre un joven mexicano y una casi niña salvadoreña, quienes se conocieron literalmente en las nubes, y a los que el amor les llegó entre horas cada mes con citas de aeropuertos entre las ciudades de México, Costa Rica y El Salvador. Su matrimonio no siempre fue color de rosa, por el contrario, hubo bastantes encuentros y desencuentros entre los dos. Mi madre, una mujer libre, educada en un pueblo en San Salvador, a los 17 años ya era sobrecargo y viajaba bastante. Era responsable de sí misma, egoísta y feliz. Mi padre, abogado por profesión, aunque realmente no gustaba del litigio como forma de vida, trabajaba en el Banco Banamex y se la pasaba viajando entre su casa en la ciudad de México y Costa Rica, lugar de residencia en ese entonces, de sus padres. Por tanto, debía tomar el vuelo de la aerolínea TACA, que volaba de El Salvador a Costa Rica, luego a México y de regreso. Educado a usanza mexicana, mi padre creció entre golpes, gritos y el machismo clásico, jurando nunca levantarle la mano a la que sería su esposa y/o si fuera el caso, a sus hijas. Y lo cumplió. Pero no fue nada fácil. El trabajo fue mutuo, mi madre con mucha paciencia, con fé, en su Dios y en su Virgen de Guadalupe, y mi papá con sus ganas y su amor inmenso hacia ella… y sí, hacia sus tres hijas que Dios le regaló. No tuvo hijos varones. Y eso, le ayudó a él, a mi mamá. A todas. Yo digo, pues. Porque rodeado de féminas, no tuvo más remedio que adorarnos. La niña Adriana, puede decir a viva voz que tuvo una infancia feliz, cargada de sueños, que iba al colegio privado y mixto que tanto le gustaba, tenía excelente promedio y hasta viajes se ganaba; era popular, realmente siempre tuvo muchos amigos. Además de que viajaba por lo menos un mes cada año, a Estados Unidos, a Acapulco o a Puerto Vallarta, en coche por mero placer de su papá, a quien le encantaba manejar horas y horas desde Guadalajara, sin hacer escalas desde la madrugada hasta el anochecer…

… En la casa siempre hubo comida, vestido, todo estaba cubierto, lo básico, pero no había lujos. Crecimos con las ideas y los pensamientos de carencia muy marcados en nuestros padres, sobre todo en aquellos años cuando el comercio no estaba abierto entre México y Estados Unidos. Y así, mi papá trabajaba mucho y todo el tiempo, para ganarse “el pan de cada día” y de los viajes al extranjero, traía falluca para vender. Mi mamá se quedaba en la casa la mayor parte del tiempo, pero trabajaba dando clases de inglés por horas en un colegio particular, así como también, daba clases particulares en la que entonces era nuestra casa … Crecimos jugando en las calles, en la zona donde ahora está Plaza Galerías, en Guadalajara, y a donde antes llegaban a pastar las vacas al jardín de enfrente de la casa. Jugábamos “chocolateado”, “changay”, “quickball”, jugábamos a “Indiana Jones” y hasta hacíamos látigos derritiendo los cables de las casas en construcción… y nos metían a las 8:00 PM, cuando a las ocho de la noche ya era de noche siempre, y no había horarios de verano. Desde muy chiquita, salíamos solas, nada nos detenía, todo siempre fue juego y nada nos daba miedo…

…pero un día entre juego y juego, conocí a un chico como de 15 años, cuando yo tenía 9, y ese niño, no tan niño, intentó abusar de mí. No lo logró, pero esa experiencia sí me marcó. Me hizo más dura, quizá. Más fuerte, quizá. Más ¿intocable? Y junto con la forma de educar de mis padres, con sus valores tan fuertes y amorosos y a la vez tan libres y responsables, me volví como muy segura de mí misma. Pero me confundí, yo creo, porque ahora viendo hacia atrás, muchas de mis decisiones amorosas, muchas de mis relaciones, hubieran sido diferentes. Pero el “hubiera” no existe. Así que no hay que regurgitar el pasado, mejor sigamos adelante. Ese capítulo de mi vida nunca lo hablé hasta que nació mi hija. Y fue a ella precisamente, a la que le conté lo sucedido esa mañana. Fue a ella, a mi hija, a la que quise decirle que la vida es muy hermosa y que, de verdad, ojos vemos, pero corazones no sabemos. Que un abuso sexual puede venir de cualquier lado, de donde menos te lo esperas, de gente conocida, muy cercana como un tío o tu papá, o un “amigo” no muy grande, un adolescente que parece todo inocente. Se lo conté porque he crecido, porque la vida me ha enseñado que todo lo que mis padres hicieron o dejaron de hacer, fue con todo su amor y sin más intención que hacernos felices. Se lo conté porque quise abrir más canales de comunicación, entre las dos, más de los que mis papás, con todo su inmenso amor, quisieron abrir y no pudieron del todo. Se lo conté porque era una niña empezando a crecer, mi niña, y quiero que sea muy feliz, que se ame, que se respete, que se defienda, que esté alerta, y que viva al máximo, pero siempre, con mucho cuidado. Y también se lo conté porque yo ya me perdoné, porque ella y todas las niñas y niños, deben de saber que nada de eso es su culpa. Y que a todos nos puede pasar. A todos…”

Extracto del libro “Yo, Mujer. Quiero, Puedo, Merezco”, Adriana Ruiz Flores, abril, 2017.

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